Toda la semana

Fue una semana llena. Fui, subí, bajé, regresé, por las calle limpias, amplias, caminando o en autobús.
El martes supe de un concierto de música clásica y una necesidad interior me animó a ir. Coro de niños de la Comunidad de Madrid y la soprano: Inma Férez, en la Iglesia Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La cola daba la vuelta al edificio, pero calculé que habría lugar suficiente para todos. Me dejé llevar por sus voces tanto como por su forma de estar. Pensé en que la infancia es un amasijo de fortaleza y fragilidad.
El jueves estuve, con Teresa, en una fiesta de compañeros de mi antiguo trabajo, me reencontré con personas a las que hacía diez o quince años que no veía. Fue mucho más agradable de lo que imaginé. Como si ese reencuentro con el pasado destilara ternura. Fue fácil reconocernos y las dos personas más cambiadas en su faz, fueron las únicas que dijeron “estamos todos igual, no hemos cambiado nada”.
El sábado después del concierto de flautas de pico de mi amiga Anna Margules, música difícil para mis poco preparados oídos, caminamos por la Gran Vía y no acababa de creer que pudiera haber tantísima gente. Efectos de la primavera después de tan largo invierno.
Hay un Neptuno vestido de azul de mar, una estatua viviente que se instala cerca del otro Neptuno, el de piedra, y una niña rubia, delgadita, muy cerca de él le miraba con tanta curiosidad, creo que deseaba saber si ella misma provenía del mismo lugar de hombres azules con corona dorada. Fotografié con mis ojos, pues sacar mi cámara hubiera roto el hechizo.

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